Crítico de críticos

Estrenamos sección con otra nota de Ignacio Izaguirre repasando las repercusiones de The Rati Horror Show.

Vivan los críticos!

Cuando se estrenó El rati horror show en el BAFICI 2010, escribí esta nota. Creía que iba a ser el defensor solitario de un héroe despreciado por críticos esclarecidos, sedientos de sangre terrenal. Me preveía orgulloso, del lado del pueblo, contra la tiranía formalista de los lentes de marco grueso.

Sin embargo el héroe prevaleció.

La película de Enrique Piñeyro se estrenó en el circuito comercial y de dieciséis críticas y reseñas que pude relevar, sólo una es negativa. Carlos Federico Rey acá, se queja con razón -pero sin corazón- de la “megalomanía” y “la estupidez canchera” del director. El resto de los cronistas coincide en rescatar su capacidad para presentar los hechos y las pruebas. A varios se les adivina cierta antipatía por los vicios comentados por Rey. Acaso lo molesto de Piñeyro es la nula capacidad para reírse de sí mismo o mostrarse falible. Por eso la comparación que hace Javier Porta Fouz con Nani Moretti en la edición en papel de El amante/cine parece errada.

En todas las notas se impone un tono de entusiasmo y fervor; la película es apasionante y contagia ansias de justicia furiosa. Es necesaria y justa la mención de Diego Battle acá a los atributos masculinos del director. En todas, falta una mención más cariñosa a la hermosa maqueta viva en la que se reproducen los hechos.

Mi favorita es la de Horacio Bernades en Página/12. En su nota logra instalar la pregunta por el valor cinematográfico del film, exponer todo lo negativo (es el único que menciona lo ridículo de la escena en la que se le dispara a una media res, además de lo antipático del tono sobrador de Piñeyro y su narcisismo) y, aún así, no perder el entusiasmo ni debilitar su aprobación.

Me gustó también la nota de Diego Maté. Devela el misterio de la simpatía que despierta el director a pesar de todo: es su “carácter rebelde” lo que le da esa impronta de héroe. Además, Maté  pone el acento en el – muy contemporáneo- tema de los medios de comunicación. Uno de los grandes aciertos narrativos de El Rati… es la paciente y rigurosa transformación de una historia en su contraria. La historia a deconstruir aparece en el comienzo directamente tomada de los canales de noticias. El acusado -y fusilado- Fernando Carrera, al ser entrevistado en la cárcel en el 2007 dice premonitoriamente: “… la gente le cree a Clarín no a mí, yo haría lo mismo”. Cuando dice “Clarín” lo hace como genérico de “diario”. Hoy esa frase se carga de sentido.

Por un carril parecido anda Pablo Arahuete acá. Es el único en hacer notar que la mención a Kostecki, Santillán y el Puente Pueyrredón no es sólo la explicación de por qué Carrera hizo un recorrido diferente ese día. Las famosas “dos nuevas muertes” de Clarín y el facilísimo gatillo policial aparecen implícitamente en esa mención.

En el film hay además un personaje casi invisible a pesar de aparecer mucho en pantalla. Natalia Trzenko en La Nación lo compara bellamente con el Dr. Watson de Sherlock Holmes. Es Germán Cantore, el editor que hace las veces de interlocutor modesto de Piñeyro. Es el opuesto del director y al dialogar con él nos da el lugar de espectadores de cine, rescatándonos del de puros receptores de información.

Hay otros personajes más invisibles habitando la historia. Son las dos mujeres y el chico atropellados en el episodio. Casi no se mencionan ni hay familiares de ellos entrevistados. Queda para otra nota un análisis más detallado de estas ausencias. Se puede arriesgar una teoría: los críticos coinciden en que la película adopta el género policial detectivesco. Esos testimonios, más propio del drama, estaría entonces fuera de lugar.

Por último, hablando de personajes ausentes, no se menciona -pero se adivina- un grupo de médicos que atendieron a Fernando Carrera lleno de balas. Son los personajes más envidiables en toda esta historia. Pasaron de salvar a un asesino despiadado, a darle una oportunidad a la víctima de una injusticia insoportable. Me gusta imaginarlos sentados en el cine con cara de “ustedes no saben quién soy” y una sonrisa relajada.

By Ignacio Izaguirre

La nota pudo leerse originalmente acá

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